23 de febrero de 2010

Niños pequeños.

No sabía si levantarme o no. Me giré en la cama y encendí la luz del reloj de la mesilla. La una y pico. Me dolía ligeramente la cabeza. En mi mente había fragmentos de la noche anterior. Una botella de whisky, una botella de licor 43, una botella de un líquido rosado que tenía en la nevera, tres amigos, una conversación, muchas risas. Nos lo habíamos pasado muy bien.


Esas conversaciones cómplices, esas risas entre caladas a un cigarro y sorbos a una copa. Sintiendonos como seres irracionales, como la mayoria, aunque eso no nos covierta en locos, charlando sobre la enfermiza y desesperante forma que teniamos de vivir la vida. Cada uno de nosotros con sus  pensamientos escépticos con su historia relatada en blanco y negro y  su infeliz relato, pero la infelicidad de aquellas palabras radicaba en nostros, nosotros lo haciamos infelices en lugar de llenarlos de alegría como en su día la tuvieron, pero a fin de cuentas eso es lo que hace el whisky ¿verdad?

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