Estuve más de tres semanas sin poder pegar ojo. Cada noche, después de acostarme pasando calor, esperaba horas con los ojos bien abiertos dándole vueltas al mismo tema. Me dolían la cabeza y el estómago, me levantaba y subía a la terraza a fumar algún cigarro, releía libros usados. Viajé al mar, fui a un país pequeño rodeado de agua por todas partes. Allí, mi habitación se iluminaba por el faro del puerto. Después volví a la vida real y de una vez por todas tomé una decisión.
Ya me dijo un viejo amigo que era el insomnio la peor de las pesadillas, pero más doloroso aún es no poder escapar de las pesadillas cuando no sabes si son ciertas o no. Yo intento olvidarme de ellas, de verdad, me siento a ver una película y dejo el volumen al mínimo. Me hago muy pequeño en el sofá, casi insignificante, y mi boca tiembla. Después me acuesto, y la almohada amanece en el suelo con el reflejo de mis ojos. Tengo el extraño don de hacerme daño con la máxima elegancia. Y el de levantarme al día siguiente como si no hubiera pasado nada.
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