Nunca nos olvidaremos ni dejaremos de mencionar con cierta alegría todas esas miradas que atraviesan nuestra dura coraza o de aquellas huellas que que marcaron y reflejaron ese camino... Pero, ¿qué pasa con todo lo demás? Las cosas que no vemos y que ni si quiera tenemos conciencia de ellas, los ceros a la izquierda o la gente que nos resulta insignificante. Sin dudarlo en proporción son mayores en relación con los demás y, aunque sean precisamente estas cosas las que hacen que las otras sean excepcionales, nadie se digna a hablar de ellas.
Escribo todo esto para echarles una mano, para declarar en su favor y darles un buen trozo de importancia y honrar el papel de las miles de personas insípidas que cruzan nuestra existencia. Es más. Les hablaré de algo todavía peor. De lo duro que significa ser ridículo incluso la mas pura mota de polvo en la vida de otra persona. Eso si es algo duro y difícil. Ser consciente de que algunas personas cuestiones nuestra cualidad de ser únicos en la vida y nos reduzcan al papel de gente que vemos cruzar por la calle. Por suerte por un momento todo puede dar un vuelco, como cuando el final de una película comienza a dislumbrarse.
El momento en que realmente sabemos cual es nuestro personaje, cual nuestra forma de actuar, nos deshacemos y nos quitamos de todo afán de protagonismo y somos libres de crear nuestro propia personaje y dotarlo de la interpretación que se nos antoje. Porque sólo quien quien acepte con las mas pura normalidad ser un contacto mas en una lista de amigos, o el que aguante sin derrumbarse un papel sin fornicación de los demás, será finalmente una persona libre.
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